Don Dinero, confundiendo medios con fines

Dicen los que saben que un buen ejercicio de reflexión es no confundir un problema con la ausencia de una alternativa de solución.

Un claro ejemplo de ello es cuando determinada comunidad identifica como su principal carencia la falta de un hospital. Y por ello exige y se moviliza para obtener fondos para su construcción.

La realidad es que no contar con un hospital, en términos estrictos, no es un problema. El problema de fondo es una población sin acceso a la salud, lo cual se puede enfrentar con distintas opciones: con un hospital, una posta, rondas médicas, mejor conectividad hacia centros de salud cercanos, prevención constante para evitar deficiencias sanitarias. Y en muchos casos con una mezcla de ellas.

Tal enfoque es asimilable a la discusión sobre el crecimiento económico, planteado como axioma del modelo social y económico vigente. Donde contar con dinero, mucho y permanente, es muchas veces el principal objetivo individual. Y para lograr tal fin se subordinan otros objetivos que también pueden relevantes: la coherencia con los principios y valores personales y familiares, la tranquilidad de realizar una labor con agrado, aportar desde la acción colectiva a los cambios necesarios en la sociedad.

En el fondo, el dinero no es ni bueno ni malo. No tiene carga valórica alguna. Es un instrumento de acuerdo colectivo que nos permite intercambiar bienes y servicios. Dicho en simple, para no vernos obligados a calcular cuántos televisores necesitamos para obtener una vaca recurrimos a él. El problema es que desde siempre ha incentivado la acumulación más allá de los límites biofísicos, la mercantilización de todo lo imaginable y la propietarización de lo que no debiera ser apropiable.

Retornando al inicio, no tener dinero no debiera ser un problema. Lo es no poder acceder a bienes y servicios fundamentales (y en muchos casos innecesarios) donde el dinero es una más de las formas de alcanzarlos. Por ello el profundo sentido político de los derechos sociales garantizados: en estas deja de tener tanta relevancia relativa, con todo lo que ello implica.

La alimentación es un buen ejemplo. Podemos obtener comida comprándola, pero también produciéndola nosotros mismos. Y esto no es una opción exclusiva de la ruralidad, de lo cual nos han convencido desde los supermercados. En Chile hubo épocas en que la huerta familiar citadina era un permanente, lo cual se ha ido perdiendo con la artificialización y las economías de escala.

Existen ya países donde se ha legislado e incentivado que en la casas el cultivo de alimentos sea una constante (La Habana, Ciudad de México, Tegucigalpa, etc), e incluso la FAO de las Naciones Unidas la promueve definiéndola como agricultura urbana y periurbana. Y en otros, como Venezuela, se ha establecido que todo espacio público “libre, ocioso o abandonado” puede ser utilizado para producir alimentos. Es una de las facetas de lo que se conoce como soberanía alimentaria.

Con la salud ocurre lo mismo. El modelo económico vigente nos dice que debemos contar con “buenos” trabajos (muchas veces asociado exclusivamente al ingreso mensual) para tener buena salud. Pero tal es una de las alternativas para enfrentar el problema. ¿Y la prevención temprana, la mejor alimentación, las actividades saludables?

Y siguiendo con la idea, algo que hemos discutido durante el proceso de elaboración de la Política Energética Regional. Desde el gobierno, la ingeniería y actores interesados en el negocio, la matriz para enfocar el problema original –contar con energía para satisfacer las necesidades de la población- está sustentada en varios principios: la solución de mercado (productor-comprador), la naturaleza como una despensa (construir proyectos para exprimir y generar) y la subsidiariedad del Estado (el Estado solo actúa donde el mercado no llega, sea lo que sea que ello signifique).

Bajo esta mirada, discutir sobre alternativas de solución que no pasen por la mercantilización o la transformación de la naturaleza son vistas como ideas alienígenas.

Si tenemos claro que uno de los principales desafíos del planeta es la intervención global y local de los ecosistemas, lo lógico sería tender a evitar lo más posible la artificialización de los ecosistemas. Esto nos lleva a considerar que más que pensar solo en proyectos de generación que vendan energía a otros debiéramos avanzar primero en transformar nuestro modelo energívoro en uno más responsable en términos sociales y ambientales. Y a continuación, todos los mecanismos de ahorro y eficiencia posibles.

Más aún, también fuera de la lógica del mercado permanente, la autogeneración familiar y comunitaria también debe ser una opción. Es tal otra alternativa de solución al “problema” del confort térmico y de satisfacción de demandas eléctricas.

Por cierto que lo acá señalado tiene especificidades de implementación que pueden ser complejas, pero nunca estuvo en este esbozo escribir un manual. Solo apuntes para la reflexión sobre la sociedad que construimos en el día a día.

Porque en cada peso que obtenemos y gastamos, siempre hay opciones. Siempre. Darnos cuenta de ello es el primer paso para cambiar un paradigma que desde muchos rincones se propone transformar.

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Acerca de psegura

Periodista de Coyhaique. Involucrado en el desarrollo sustentable de la Región de Aysén, en la Patagonia chilena. psegura@gmail.com (56-99) 9699780 skype: patricio.segura / twitter: patsegura
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