Una gata llamada Aysén

Cerca de Guadal, sin teléfono ni internet, escucho radio. En Cooperativa una voz femenina relata las noticias nacionales. Las importantes, las de verdad. Un senador que se fue de vacaciones cuando su región sufría por un apocalíptico terremoto cuestiona a un ex candidato presidencial por sus cuentas ante el Servicio Electoral.

A pocos metros, mi gata rural arranca de dos citadinos perros, recién llegados a estos pagos del interior.

En el campo, fuera de los espacios en que se toman las decisiones que nos afectan a todos, la vida transcurre distinto. Más lenta, más pausada. No mejor, no peor de lo que pasa en la ciudad. Distinto. Y más distinto aún en la provincia de las provincias que es Aysén.

De fondo, todos de acuerdo en que algo debe cambiar. El sistema político chileno no da el ancho y, desde distintos frentes, se pide a gritos una poderosa transformación. Una que nos haga dejar atrás, como país, esa sensación de que hay algo que no está bien. De que demasiado está mal.

La gata, ahora sobre el techo del gallinero, observa detenidamente a esos dos intrusos que desde su llegada no la han dejado tranquila momento alguno.

Los caminos para enfrentarnos ante lo que creemos no está bien son múltiples. Como todo en la vida.

Una legítima opción es solo quejarse y nada hacer. Convertirse en analista de la sobremesa, repartiendo recetas de lo se requieren a quien quiera escucharnos.

Otra, intentar generar los cambios a través de nuestra propia acción.

Dos rutas se abren ante esta posibilidad.

La primera, iniciar un viaje interno. En este concepto incluyo a todos quienes desde la acción personal emprenden la tarea de hacer coherente el discurso. Es tal una labor que no necesariamente requiere de otros. Más allá de la política, el cambio de las instituciones, la legislación.

La segunda, abrazar la causa de cambiar las estructuras. Tal es un trabajo mayor, que necesita de muchas manos, porque es una empresa superior.

Ante un descuido del Melqui y el Polo, Rosita baja del árbol. El peligro ya no es tal, y momentáneamente puede descansar bajo un maqui cuyos pequeños frutos ya se arrugan de maduros.

Si algo he aprendido en estos años es que todos somos necesarios. Los que desde la experiencia personal intentan poner en práctica sus nociones sobre la sustentabilidad como quienes creen fundamental dar la lucha desde las alturas, enfrentando a quienes día a día toman decisiones por todos nosotros. Ninguno sobra, ninguna experiencia está demás.

Hoy, como ayer, es tiempo de desafíos. Hacer realidad los sueños de un Aysén reserva de vida pasa por el trabajo individual y por el colectivo. Por las experiencias sustentables y por la incidencia estructural.

Quienes piensan distinto siempre han estado. Porque no son ellos, es un paradigma. No se han replegado a sus hogares ni han claudicado en sus intenciones. Aysén polo de desarrollo energético, salmonero, forestal, minero, pesquero está, desde hace décadas, en la mente de muchos, y no renunciarán a ese mundo futuro que han construido en su mente.

De zonas de sacrificio, como esa virgen que se entrega a los dioses, está hecha la equivocada ruta del progreso y la modernidad.

La prófuga se enfrenta, por primera vez, a quienes le acechan. Un par de arañazos les hace recular, y pasará mucho tiempo antes de que intenten reincidir. Pero, el perro es perro y el gato es gato Y todos sabemos que, tarde o temprano, volverán.

Mientras los bosques, agua y minerales de Aysén permanezcan, la voracidad de un erróneo desarrollo siempre les perseguirá. ¿Está cada uno preparado para tal realidad o, simplemente, se aprovechará de esta tierra hasta que sienta que es el momento de abandonarla?

Es tal una pregunta urgente.

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Acerca de psegura

Periodista de Coyhaique. Involucrado en el desarrollo sustentable de la Región de Aysén, en la Patagonia chilena. psegura@gmail.com (56-99) 9699780 skype: patricio.segura / twitter: patsegura
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