ERNC vs. Energías Renovables: A solo una represa de distancia

Luego de años, centurias de defensa de las fuentes fósiles, hoy se han puesto de moda las renovables. Carbón, gas y petróleo, sustentos del vigente sistema de vida global que a partir de revolución industrial profundizó su loca carrera contra el planeta, comienzan poco a poco a ser vistos como energías obsoletas, sucias, que es preciso dejar atrás si queremos seguir en la senda de la modernidad, con todo lo que este concepto involucra.

Sus problemas se enmarcan en dos dilemas clásicos de la humanidad en su inarmónica relación con los ecosistemas.

La naturaleza como despensa: nos sobregiramos en la extracción de los bienes comunes sin permitir su recuperación para seguir prestándonos servicios y cumpliendo sus funciones esenciales. La naturaleza como basural: luego de su transformación productiva, nos pasamos de la raya al no considerar las capacidades de carga al momento de disponer de los residuos. En el fondo: problemas al extraer/problemas al disponer.

Los fósiles no son renovables. Por lo menos en términos que podamos manejar como especie. Y sus emisiones saturan el aire local, la atmósfera global. Son, en términos estrictos, el mejor ejemplo para mutar hacia una matriz energética responsable.

Ante tal disyuntiva, los históricos promotores de este tipo de fuentes y tecnologías se han montado en la ola de la responsabilidad ambiental (no necesariamente socioambiental) y luchan hoy por las energía renovables. Sin apellido.

Ahí están las principales fuentes: geotermia, biomasa, el viento, las olas, mareas y corrientes, el agua que fluye por los ríos. Todas estas son renovables (aunque para el caso de la biomasa de tipo leña todavía se requieren prácticas que aseguren su permanencia en el tiempo) y, nos dicen algunos de sus impulsores, hay que aceptarlas todas.

Suena positivo, tanto que para alguien poco alertado permanece la duda sobre cuál, entonces, es su diferencia con las renovables no convencionales. Es simple, lo que separa estas de las ERNC es la escala en el caso de la hidroelectricidad. En Chile, la Ley General de Servicios Eléctricos, en su artículo 225, señala que solo para la energía hidráulica el techo serán los 20 MW. Es decir, serán ERNC solo las pequeñas centrales.

Este tope no se da tan solo en nuestro país. En el mundo lo más usual son los 10 MW, en China los 30 MW.

Así las cosas, todo quien plantee que el futuro de Chile está en las energías renovables y se niegue a hablar de renovables no convencionales, está pensando principalmente en grandes centrales de pasada o derechamente represas.

Y esta distinción no es menor. Tanto así que incluso la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas ha señalado en un reciente informe que “se debe llamar la atención sobre lo inapropiado de considerar la energía hidroeléctrica como un ejemplo de energía renovable, que implica un uso del agua no consuntivo, con escaso impacto ambiental y sobre otros usuarios del recurso.     Lo cierto es que se producen significativas pérdidas (normalmente por evaporación) en las infraestructuras que almacenan el agua para la generación y que su cuantía depende de las temperaturas del lugar donde se ubique el embalse”.

Pero el tema de fondo, al final, no es solo la renovabilidad, relevante pero uno más dentro de la complejidad de los ecosistemas. Está también la escala (pavimentar el desierto de Atacama con paneles fotovoltaicos no pareciera ser muy responsable), la localización (¿geotermia en lugares sagrados para los pueblos originarios?). Y si hablamos de sustentabilidad, el desarrollo económico local y el destino de esa energía también deben ser considerados. Y, por cierto, las opciones que hagan innecesaria nueva generación.

Porque si alguien cree que la señal que el planeta nos está dando con el calentamiento global se restringe exclusivamente a no emitir gases de efecto invernadero y no comprende que lo que nos está diciendo es que como especie hemos hecho las cosas muy mal en nuestra relación con nuestra propia especie (en términos actuales y futuros) y con las otras, no ha aprendido mucho. Y cualquier alternativa de solución mantendrá el problema, pero con otro nombre.

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Whistleblowing, una práctica casi desconocida en el Chile que combate la corrupción

Dicen que lo imposible deja de serlo hasta que se hace posible. A pesar de la intrínseca obviedad de la frase, esta alude a cómo se producen los cambios de paradigma, de sentidos comunes, gracias al esfuerzo de quienes creen que se pueden hacer las cosas de otra forma.  Labor que, muchas veces, se ve torpedeada por los que buscan mantener el statu quo.

En los últimos años, muchos ejemplos ha habido.

Desde que nos dijeran que HidroAysén se construiría sí o sí hasta quienes expresaran que la Asamblea Constituyente era fumar opio.  Los celadores de la realidad posible, finita, según sus propios estándares, visiones y/o intereses.  Lo cierto es que esta es mutable y uno de los objetivos de quienes creemos en el quehacer colectivo es, precisamente, transformarla.

Un caso concreto, no muy difundido en Chile, es el de la práctica del whistleblowing en el sector público y privado.  Es tal el ejercicio de la denuncia desde el interior de las organizaciones, como bien apunta el concepto en inglés: el que alerta, mediante un silbido, sobre un problema o error.

En muchos países existe todo un entramado legal y corporativo, con políticas concretas, que permiten a funcionarios y trabajadores denunciar anónimamente actos ilegales, de corrupción o que transgreden la ética, de forma tal que se asegure su integridad laboral, sicológica, física.

Algo avanzó nuestro país con la Ley 20.205 de 2007, que introdujo al Estatuto Administrativo figuras que facilitan a funcionarios públicos informar al Ministerio Público hechos de corrupción y de faltas a la probidad administrativa.

Sin embargo, como señala Francisco Sánchez en su memoria para optar al grado de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile, “la normativa chilena de protección a denunciantes resulta ser muy restringida en comparación con las leyes avanzadas sobre la materia en el derecho comparado”.  . Además “no incluye formas de reparación o compensación al denunciante por las represalias sufridas, ni otras protecciones no relacionadas con el resguardo de su situación laboral”. Y menos aún “establece procedimientos especiales para efectuar las denuncias ni para investigar sobre las represalias, ni designa a alguna entidad especial a cargo de promover, fiscalizar o aplicar estas normas”.

Por último “no protege a la persona que da la alerta sobre algún hecho potencialmente riesgoso o dañino, ni apunta a la revelación de información de interés público, sino que se enfoca derechamente a las denuncias sobre hechos irregulares o que contravienen el principio de probidad administrativa”.

Incluso existen varios órganos del Estado que no se rigen por el Estatuto Administrativo a los cuales no es aplicable la normativa: “Las instituciones de la Defensa Nacional, la Contraloría General de la República y el Banco Central, personas contratadas bajo régimen de honorarios, ex funcionarios, cargos de confianza, Carabineros de Chile”, aclara el informeSistemas de denuncias y de protección de denunciantes de corrupción en América Latina y Europa” del programa Programa EuroSocial.

Tal es el estado del arte en el sector público.  Pero, ¿qué ocurre en el ámbito privado?

En este sí que no hay incentivo alguno para que trabajadores y ejecutivos denuncien irregularidades al interior de sus compañías.  Solo la Ley 20.393 de 2009 que establece la responsabilidad penal de las personas jurídicas en los delitos de lavado de activos, financiamiento del terrorismo y delitos de cohecho conminó a algunas corporaciones introducir procedimientos, pero restringidos a estas áreas.

Aún así, hay sectores que sí los han incorporado.  Y es en la minería donde hay un caso concreto, de alta contingencia en estos días.

Se trata de Mandalay Resources, la compañía dueña de minera Cerro Bayo. La misma que atrae hacia Chile Chico la atención del país, por la emergencia que ha producido la búsqueda hasta ahora infructuosa de los trabajadores Jorge Sánchez y Enrique Ojeda.

Su explícita “Whistleblower Policy” (Política de Denuncia) regula “el proceso a través del cual los trabajadores de la compañía, proveedores, clientes, miembros de la comunidad y del gobierno, en todas sus áreas de operaciones y proyectos, pueden anónima y confidencialmente reportar cualquier violación o preocupación contraria a las políticas de la empresa o leyes o regulaciones locales”.  Para ello pone a disposición la plataforma www.integritycounts.ca, donde se pueden entregar anónimamente antecedentes sobre irregularidades de todo tipo.

Pero aunque este ha sido un paso relevante, no basta con lo que diga un papel (o un sitio web, en este caso). La comunidad debe sentirlo como algo propio, utilizable, particularmente los trabajadores.   Esto, con el fin de que se vayan mejorando las prácticas, los estándares, el desempeño de las propias empresas.

Algo ocurrió en este caso que lo que se sabía estaba funcionando mal –como han denunciado familiares– no tuvo cabida en este mecanismo normado.  No conocían su derecho, no sabían cómo utilizarlo, no creían que fuera efectivo, son algunas de las posibilidades.   Lo cierto es que algo falló que no permitió que lo que sabían los trabajadores llegara a los niveles correspondientes para enmendar el rumbo.

Siempre será oportuno ir relevando algunos aspectos en los cuales nos falta mucho por avanzar como país: Estado, empresas y comunidades.  El camino hacia una mejor sociedad se construye con las buenas ideas de todo tipo, como por ejemplo lo es la aplicación de políticas que protejan a quienes se atrevan a alertar sobre lo que hay que mejorar, cambiar o definitivamente terminar.

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¿Y así nos piden confiar?

Ojos y corazones de toda la región están volcados desde hace algunos día hacia Chile Chico. Y si el nuestro fuera un país donde todos sus territorios, todos sus hijos, tuvieran la misma relevancia, los de un solo pueblo lo estarían también. Pero como no lo es, son otros quienes deben –debemos- levantar la voz para dar cuenta de lo que ocurre en Aysén, en la Patagonia.

Muy claras fueron las palabras de las autoridades locales y regionales. Desde un primer momento sus planteamientos apuntaron a que más que buscar hoy responsabilidades, o especular sobre ello, los esfuerzos del gobierno se destinarían –como se está haciendo- al rescate de Enrique Ojeda y Jorge Sánchez. Dos trabajadores en que hoy se concentra la esperanza de toda una comunidad, que se embandera, que lucha, que mantiene a firme e intacta la fe de que pronto volverán al hogar.

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Los clásicos, obras que se alimentan de las llagas siempre abiertas de la humanidad

Lo he expresado en múltiples escritos, artículos, recuerdos. Y no me cansaré de reiterarlo. Porque para mí, la frase ya es un clásico por derecho propio.

En alguna ocasión, en mis tempranos 90, en el Artes y Letras o en la Revista de Libros (no tengo claridad, fue en alguna de esas publicaciones), tuve la suerte, privilegio, de leer lo que un -aún hoy- anónimo crítico respondiera ante la pregunta sobre cómo definiría aquellos libros eternos, luces incandescentes, que nunca pasarán de moda. Los que alumbran el camino de los que estuvieron, de los que están, de los que estarán. Cómo describiría los clásicos.

Son, dijo el desconocido, aquellas obras que, como vampiros en la noche, se alimentan de las llagas siempre abiertas de la humanidad”. Tales fueron sus palabras. O tal es el recuerdo que hoy, pasados los años y las vivencias, retengo.

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¿Son de interés público las presiones del comando de Piñera a radio Cooperativa?

Mucho palmoteo en la espalda, mucho apoyo por whatsapp y facebook. Periodistas de todo tipo y color corrieron a apoyar a la colega Nathaly Álvarez, para expresar su aprecio y estima, sus respetos por su acto de valentía, reclamando –una vez más- por la dignificación profesional. De todos los medios, de grandes a chicos, en papel y online, de izquierdas a derechas, independientes también, se levantaron en una sola voz para alegar ante tamaña injusticia.

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Pangasius: El pez rata que obliga a tomar en serio la soberanía alimentaria

Cuando era pequeño, en el Iquique de mi infancia, acostumbraba recorrer durante horas playas, caletas y muelles, aprovechando la libertad que regala la falta de mayores preocupaciones que la de elegir el mejor lugar para jugar. Fuera invierno o verano, el olor salino del océano era compañero cotidiano en aquel puerto de fines de los 70.

Ya se asomaban los efectos adversos de la zona franca y la minería, pero mucho más aún los de industrias instaladas hace más de una década en sus costas. Era el famoso boom pesquero, tan bien aprovechado por algunos que hoy están en la palestra por corrupción. Ofensiva mercantil recurrentemente promocionada en los cortos que en la TV pinochetista nos mostraban un Chile pujante y feliz. Esas piezas tan parecidas a las de la propaganda pro modernidad que nos repetían en el cine “UFA, el mundo al instante”.

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Embotellando hielos eternos: Cuando el extractivismo glaciar toca a tu puerta

Pasan lentas las jornadas por estos días en Patagonia. La naturaleza nos sorprende con sus impredecibles lluvias, fríos y sequías, y el cambio de hora impuesto por el centro desde Aysén al norte (Magallanes la hizo), no hace más que profundizar la sensación de que esta tierra está sujeta al arbitrio de decisiones que se adoptan allá lejos, sin tomar en cuenta su realidad. Y menos su futuro.

Las certezas climáticas del pasado son torpedeadas hoy por cambios de largo aliento, en un contexto global donde lo que menos permanece es la seguridad.  Ya se ha demostrado que, aunque algunos insistan en que la variabilidad general no es más que señal de mega ciclos naturales, como especie hemos impactado el planeta y los ecosistemas de manera profunda.  Siempre es posible que aunque arrasemos con todo en millones de años renazca la vida, pero ¿es eso éticamente justificable? ¿Destruir porque alguien o algo, en un futuro lejano, lo reparará?

Y es así como nos informamos de diversas iniciativas enfocadas en extraer a gran escala recursos naturales de la región (minería, turba, luga, erizos, almejas), como ha sido siempre, con el fin de desarrollar actividades económicas, algunas de ellas incluso no muy tradicionales.  Innovadoras diría un emprendedor.

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